Al que algo quiere...
No están siendo unos buenos meses para Renfe. Aunque absolutamente inevitables, las molestias causadas por obras que se estan produciendo en medio de grandes ciudades para, no olvidemos, el desarrollo de infrastructuras de alto interés para el desarrollo económico del país, han llevado a la empresa a uno de sus momentos de menor popularidad. La causa: el AVE.
Si bien no son deseables para ninguno de sus usuarios, esta semana por fin se han publicado resultados aproximados de las consecuencias que para las empresas tiene el retraso sistematizado de unos empleados que deberían llegar puntuales a sus citas con clientes, proveedores, viajes de avión, videoconferencias, entrevistas, congresos, reuniones y negociaciones de diversa consideración.
Según la patronal Pimec, contando que más de 400.000 personas utilizan cada día los servicios de cercanías de Renfe y que los retrasos tienen un promedio de 10 minutos por tren, las empresas catalanas soportan pérdidas de un millón de euros diarios.
Y no sólo eso, cientos de operaciones que no se cierran a tiempo, visitas anuladas, e innumerables ineficiencias provocadas por los retrasos, son costes adicionales mucho menos cuantificables y que afectan muy especialmente al entorno de los trabajadores autónomos, quienes nadie puede sustituir durante su ausencia.
¿Y quién paga todo esto? Pues no siempre queda reflejado únicamente en los resultados de la empresa, sino que, según los sindicatos mayoritarios, existe un perjuicio en los trabajadores, a quienes en muchos casos descuentan del sueldo las horas perdidas. Todo un despropósito para los defensores de la conciliación de la vida personal y laboral.
Pero seamos sensatos. Al país le hace falta pasar por estos “sacrificios”; necesita que las infraestructuras crezcan acorde a la demanda de las empresas que invierten en el país y que lo han llevado y lo llevan a ser una de las principales economías de Europa.
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