Inmigración para el desarrollo
Este invierno he tenido la ocasión de participar en la recogida de la oliva en tierras manchegas. La labor, dura y pesada, la desarrollaban, en este caso, temporeros de origen rumano que vienen a nuestro país por unos 35-50 euros/día (10h de trabajo). Nadie más se dedica al campo, y la culpa, como siempre, es del poco dinero que genera.
Entre los años 1998 y 2001, principalmente, el crecimiento económico del país demandaba a gritos la entrada de inmigrantes. Nuestro orgullo y sustento
(el turismo), así como nuestra obsesión y lucro (la construcción), que
representaban (y aun representan) la base de la economía en el país, estaban
inmersas en un proceso de expansión tal que requería de mano de obra no
especializada y barata que pudiera sustituir a las caras manos españolas.
Hoy, la avalancha ha superado toda expectativa y necesidad. Hoy ya no hablamos sólo de temporeros, sino de barrios enteros donde conviven, como en cualquier parte del mundo, gente de bien y mal vivir.
Dejando a parte los motivos morales que se puedan desprender, así como los intereses demográficos que pueda tener el país derivados del paulatino envejecimiento de la población, la pregunta es: ¿Sigue habiendo necesidad de inmigración?
En mi opinión sí (legal, claro). Pero ojo, ahora el entorno ha cambiado, y por tanto, la contribución que se espera es también distinta. Nos encontramos en un entorno competitivo y global donde cualquier empresa sita en cualquier país del mundo puede dañar gravemente los intereses concretos de un mercado. Por tanto, la única manera de responder es diferenciarse siendo más competitivo.
Diciendo esto, se me ocurre el ejemplo de China. ¿En cuántos sectores está incidiendo y cuántas plantas españolas se han visto obligadas a cerrar o deslocalizarse para competir en costes? Pues bien, muchas de estas empresas amenazadas han optado por la innovación como camino de la salvación. En China, hasta el momento, innovar se ha traducido en copiar productos, mientras que, en cambio, nosotros tenemos la fuente de innovación.
No es raro oír en las noticias que muchos de los hombres y mujeres que se juegan la vida por llegar a nuestro país en patera o cayuco tienen titulaciones universitarias. Se trata de gente con preparación, e incluso en muchos casos, experiencia y conocimientos muy valiosos, tanto de su entorno social y cultural, como económico. Todos sabemos, por ejemplo, lo difícil que es entrar a vender en el mercado chino a no ser que dispongas de un partner autóctono.
Pues bien, en mi opinión la multi-culturalidad que se está produciendo en nuestro país, bien gestionada, puede llevarnos a ser muy fuertes frente a mercados como el Chino, mucho más cerrados y cuadrados. Por supuesto, no estoy hablando de un proceso de “selección” de inmigrantes, sino, únicamente, de aprovechar una realidad como la que estamos viviendo en nuestro país para, de nuevo, empujar la economía española. Eso sí, ahora, por otros estratos diferentes.
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